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Mes: julio 2025

Alberto Díaz Pesqueira

Esta reseña tal vez sea una de las más especiales que publicaré porque es uno de los tíos que más extraño y extrañaré hasta el reencuentro final. Hay muchas anécdotas para contar pero aquí solo voy a dar algunas referencias sobre su vida, lo demás lo podrán leer en «Tojoral».

Alberto era más conocido por «Tío Cholo» y vivía en Paysandú, localidad del vecino país Uruguay, cerca del barrio del hipódromo, en una zona muy pobre de la ciudad. Había nacido en Montevideo, un viernes 14 de marzo de 1924. Era hijo de Alberto Díaz y María Margarita Pesqueira Buriani, ambos uruguayos, nietos de inmigrantes gallegos pontevedreses.

El tío solía andar siempre vestido con un saco negro y hasta el día de hoy recuerdo con exactitud el contenido de sus bolsillos. En el bolsillo interno izquierdo, guardaba cigarros de chala, hechos con hojas de choclo. En el bolsillo exterior izquierdo, llevaba dos o tres galletas tipo marineras, de esas duras. En el bolsillo exterior derecho, una cabeza de ajos. En el bolsillo chiquito del pecho, ponía las monedas. La acción que realizaba casi inconscientemente cuando salía a caminar, cuando andaba paseando por el patio de su flamante bungalow o cuando se ponía a conversar con alguien era: meterse un diente de ajo a la boca luego de pelarlo adentro del bolsillo sin que nadie se de cuenta, romper una de las galleta marineras del otro bolsillo para llevarse el pedazo a la boca y matizar el sabor fuerte, todo mientras en la comisura de su boca pitaba un cigarro de chala. Era todo un espectáculo verlo y llamaba la atención por el olor que flotaba en aire, pero a mi me causaba cariño y admiración ver a ese gigante -era muy alto- acometer semejante acto de degustación diaria.

El Linghera – José Sebastián Tallón

Esta poesía salió publicada en la revista Proa de septiembre de 1924, por entonces era dirigida por Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes, Alfredo Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz.

El objetivo de la revista Proa era intervenir en el debate literario a través de la construcción de una “tribuna serena, sin prejuicios”, “amplia y sin barreras”, que incorporara todas las voces y todas las opiniones. “Proa quiere ser el primer exponente de la unión de los jóvenes. Por esto damos un carácter simbólico al hecho de ser fundada por cuatro jóvenes formados en distintos ambientes. Aspiramos a realizar la síntesis (…) Nuestro anhelo es el de dar a todos los jóvenes una tribuna serena y sin prejuicios que recoja esos aspectos del trabajo mental que no están dentro del carácter de lo puramente periodístico”.

Si bien en esta revista hay autores más conocidos que él, lo escogí porque admiro la simpleza y el sentimiento profundo de su escritura basada en la observación de todo lo que lo rodeaba, de la vida cotidiana. Son protagonistas de sus textos: el barrio, los animales, los niños y adultos de su entorno… como el que describe en este bello poema.

Presencias – Alejandra Pizarnik

Hace unos días publiqué un artículo sobre mi admirada poetisa uruguaya Delmira Agustini. Por entonces, estaba hurgando en poemas escritos por mujeres, haciendo una limpieza de exaltación con trapos encerados para relucir mis viejos escaparates literarios y nostálgicos de la adolescencia y de mi primera juventud. Como resultado directo de esa actividad memoriosa e intestina, saltó al presente Alejandra Pizarnik. Tal vez lo hizo por esa asociación a la dureza amarga de su vida que la une en el dolor y el infortunio a Delmira Agustini y a Alfonsina Storni -falleció muy jóven y en circunstancias trágicas.

No voy a hacer una biografía de Alejandra, demasiado contenido excelente hay en la web contando sobre su vida y obra. Pueden empezar por la clásica Wikipedia desde aquí, aunque les recomiendo primero el artículo de Aitana Palomar en la web española de National Geographic ya que es un resumen interesante.

Para publicar algo aquí, estuve buscando algo de ella que tenga la frescura de lo inédito o de lo no tan difundido hasta que recordé a la ya citada revista SER del profesorado. En el número 23 de 1983, salió un poema suyo que nos toca muy de cerca ya que habla sobre lugares de la histórica Concepción del Uruguay -ciudad cara a mis sentimientos, donde viví varios años y donde nació mi hija- y escribe sobre personajes y próceres de la región. Sin titubear fue una elección instantánea que aquí la transcribo para deleite del lector.

Irma Álida Quiroga

No hay consuelo ante una muerte prematura, solo hay un minúsculo sentimiento de calma al saber que, como dijo Antonio Machado, la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos. Es decir, el difunto no siente nada, el dolor acuciante es para los que quedamos vivos con una herida en el corazón que únicamente nos dará idea de que sanamos cuando no la recordemos.

Recuerdo con lucidez el momento en que me enteré de la existencia de Irma. Aún era adolescente. Fue allá lejos en el tiempo, en los comienzos de mi pasión por la genealogía, cuando no sabía que iba a incursionar tanto en ella, durante una recorrida por las viejas sepulturas de familiares y amigos de mi tía abuela Celeste.

La visita al cementerio era obligatoria todos los primero de noviembre, Día de Todos los Santos, pero también lo era durante los aniversarios de los fallecidos o durante ciertos días en donde se celebran diversas cuestiones culturales como ser el día de la madre o día del padre. En esos días, íbamos al camposanto con mis padres y con Celeste y, mientras mis padres se ocupaban de sus difuntos más recientes, yo me pegaba a mi tía porque siempre conseguía escuchar alguna historia familiar nueva. Algunas de esas historias las recuerdo con claridad porque eran de parientes, de gente que conocía del barrio o de algún lado.

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