Esta reseña tal vez sea una de las más especiales que publicaré porque es uno de los tíos que más extraño y extrañaré hasta el reencuentro final. Hay muchas anécdotas para contar pero aquí solo voy a dar algunas referencias sobre su vida, lo demás lo podrán leer en «Tojoral».
Alberto era más conocido por «Tío Cholo» y vivía en Paysandú, localidad del vecino país Uruguay, cerca del barrio del hipódromo, en una zona muy pobre de la ciudad. Había nacido en Montevideo, un viernes 14 de marzo de 1924. Era hijo de Alberto Díaz y María Margarita Pesqueira Buriani, ambos uruguayos, nietos de inmigrantes gallegos pontevedreses.
El tío solía andar siempre vestido con un saco negro y hasta el día de hoy recuerdo con exactitud el contenido de sus bolsillos. En el bolsillo interno izquierdo, guardaba cigarros de chala, hechos con hojas de choclo. En el bolsillo exterior izquierdo, llevaba dos o tres galletas tipo marineras, de esas duras. En el bolsillo exterior derecho, una cabeza de ajos. En el bolsillo chiquito del pecho, ponía las monedas. La acción que realizaba casi inconscientemente cuando salía a caminar, cuando andaba paseando por el patio de su flamante bungalow o cuando se ponía a conversar con alguien era: meterse un diente de ajo a la boca luego de pelarlo adentro del bolsillo sin que nadie se de cuenta, romper una de las galleta marineras del otro bolsillo para llevarse el pedazo a la boca y matizar el sabor fuerte, todo mientras en la comisura de su boca pitaba un cigarro de chala. Era todo un espectáculo verlo y llamaba la atención por el olor que flotaba en aire, pero a mi me causaba cariño y admiración ver a ese gigante -era muy alto- acometer semejante acto de degustación diaria.



